Rima en disonante

Todas las mañanas, el poeta pasea su lirismo por las soleadas callejuelas. Derrama sus estrofas junto a los encalados muros. Entre los soportales, pareados; en aquella plaza, redondillas; una cuarteta en el cruce. Se detiene al descubrir un geranio despampanante que asoma en un alfeizar. Desde abajo lo reprende por su hermosura y deshoja unos aromáticos y aterciopelados epítetos. Si se cruza con la modistilla, declama un amor endecasílabo por sus entretelas y le propone hilvanar juntos unos versos libres. Siempre saluda con trazas de esponjosa delicadeza. A su paso, todos cierran la mirada y respiran hondo. Dicen que el aire que le acaricia huele a verso y ambrosía.
    Cuando vuelve a su humilde casa, cuelga en las oxidadas perchas de la entrada todos los adjetivos. Lanza sus zapatos hacia el pasillo y se desviste. Por el suelo va soltando su piel de poeta. Toma una cerveza de la nevera y se deja caer en el sofá en gayumbos. Bebe. Limpia su boca con el dorso de la mano, se rasca los huevos y eructa en prosa.

(Esta Noche Te Cuento - Las apariencias engañan - Febrero 2023)
(Relato finalista - 2023) 
(Relato finalista Lince MontesdeToledo 2023)

La importancia del contexto


Al ver el cartel, no pude resistirme. Me traje para casa dos NIÑOS algo moviditos, una SRA. de turgente conversación y (estaba incluido en la oferta) un CBLLRO. «de los de antes», según la dependienta. Y por muy poco dinero. Una buena compra, ¿verdad? Pues no, en poco más de una hora, y acompañado por el género adquirido, estaba de vuelta en la tienda. Menudo follón armaban los cuatro: gritos, insolencia, indolencia, conmoción. Lo que me costó atrapar a los NIÑOS y despegar al CBLLRO. del sofá. Aún no sé dónde escondió el mando de la tele. La vecina, en el ascensor y secundada por la SRA., me dijo que sigo pareciendo tan tonto como siempre, que desconfíe de las ofertas, sobre todo cuando se trate de personas.



No me devolvieron el dinero, pero me ofrecieron un vale que canjeé gustosamente por unas buenas zapatillas, que era lo que había ido a buscar al contexto. Recordad: sea cual sea el contexto, nunca tiréis el tique de compra.

El aroma del pan recién hecho

Su padre es un tal José Luis López-Brío y Gómez de la Portezuela, quinto marquesito de Postealto, tercer señor de Lucenitas y, por cuestiones de reducción del patrimonio, primer panadero del pueblo a tiempo parcial que, las noches sin luna llena, gustaba de amasar por las camas de los alrededores. «El levadura», le llamábamos, porque nunca fallaba y levantaba miga. Pero tuvo que huir del pueblo, comenta entre risitas otra de las que le echaban masa madre cuando ve pasar al hijo con la furgoneta de reparto. Se santigua, sobreactúa, y por los adentros suspira recordando aquellos tiempos en los que siempre tenía su horno encendido.

Cuento de Navidad

Este año quieren dar un toque especial al belén y se decantan por uno minimalista, con muy pocas figuritas, sin corcho que construya un portal, sin noche estrellada de fondo, sin pastorcillos, sin rio ni puente. Hasta los Reyes Magos se quedan en su caja. 

Después de unas horas, les parece que aquello está demasiado vacío y, sobre todo, desactualizado, así que incorporan en el paseo lateral, a la altura de Portal de Belén bajos 2ª, justo entre el final de la hoja de suelo falso y el equipo de música, a dos manteros vendiendo coronas y auras de Trous, sandalias er-Jordán y capazos de Blimba y Trola. Ahora sí, se dicen. Pero no, ahora no. Las figuritas más o menos antropomorfas, excepto el apesebredado niño, dejan su posición asignada y se acercan a los manteros. Que si esta corona que llevo tiene muchos años y mira esa de ahí que brilla más, se lamenta la Virgen; que si estas sandalias son un asco, están out y siempre he querido unas de marca, asegura San José con la mirada torcida hacia el cielo; que si un capazo de esos me iría deputamadreconperdón para llevar mi acondicionador de alas y el polvo de ángel, afirma el amorcillo que siempre se queja, pobrecillo, como en los cuadros de Murillo, de no tener un bolsillo…

De pronto, de la caja etiquetada como “Belén-2”, salen a ritmo (¡un, dos, un, dos, un, dos…!) los soldados de Herodes, una mezcla de romanos de plástico y tipos barbados con espada y túnica. «¡Paso en nombre de la ley!». Ante la ausencia de río, los manteros gritan «¡Polvo!» y corren a esconderse detrás del reproductor de CD. «¡Disuélvanse, esto es una venta no autorizada!». El que parece obrar como capitán del grupo represor arranca de las manos de la Virgen una corona. «¡Que es la mía, la de siempre! ¡Jose, Jose, mira este señor! Dile algo, cariño». Pero San José ya se ha calzado las nuevas sandalias y, orgulloso, vuelve a su posición para disimular. «¡Jose, dile algo, que me han arrancado mi santidad!» San José lanza un irónico ¡ja! y sigue a lo suyo; se imagina volando con sus pies asandaliados: lanzando triples, driblando defensores, haciendo mates como un poseso… «¡Jose, dile algo ya, calzonazos!» 

Con el griterío comienzan a salir de las cajas 2 y 3 el resto de las figuritas. Se juntan frente a la estampa del nacimiento, cuchichean, opinan: «unos liantes», dice la lavandera señalando aquí y allá, «¡míralos, menudos lamparones llevan!», y se golpea el pecho para reafirmar lo dicho. «Ese niño del pesebre brilla. Seguro que no es de este mundo ni natural», señala un pastorcillo animista. Todos se arremolinan y, poco a poco, se mueven hacia el recién nacido. Al ver el percal, María deja el forcejeo por la corona y, remangada, se interpone en jarras entre el Cristito y la muchedumbre de barro cocido y plástico multicolor. «¿¡Qué leches miráis, secundarios!?» Herodes, que ha llegado disfrazado de turgente pastorcilla cananea, amparado en el anonimato que otorga la multitud, toma la piedra veteada en blanco y gris, traída hace años de un pedregal del pirineo aragonés para adorno del rio de papel de aluminio (una piedra chulísima, de verdad), con la intención de lanzarla y descalabrar al churumbel. Por suerte para el bebé, Dios, en su omnisciencia, no ha otorgado al monarca el don de la puntería. La poca habilidad de Herodes lleva la piedra a la cabeza del buey que yace plácidamente tras el pesebre, junto al burro. Más tarde, cuando realicen el informe del atestado, el buey declarará que «estaba soñando con brutales estampidas en azules campos de amarillas amapolas bajo un apacible cielo entre trinos mañaneros y mugidos tornasolados» (N. del A.: ojo, los bueyes, tremendamente poéticos por naturaleza, también se caracterizan por desconocer los colores).

El buey, desorientado por el súbito impacto, continúa con su soñada estampida fuera del onírico espacio. Golpea el pesebre, con saña, y lanza al sacrosanto niño hacia las nubes (primera ascensión de Cristito). María, como un receptor de fútbol americano que busca el pase del quarterback, echa a correr con la vista fija en Federico (Federico Jesús en el registro civil). Tras sortear una gallina, dos pastorcillos, un árbol de plástico y una hilandera, en una fantástica estirada, la Virgen recoge al bebé antes de que este toque suelo más allá de la línea de anotación (extremo norte del papel de estraza sobre el que se asienta el belén). «¡Touchdown!», grita todo el belén mientras la Virgen, emocionada (es su primera anotación) está a punto de estampar a Cristito. En ese mismo momento, lo besa, lo estruja, le hace arrumacos, lo achucha, le canta, lo rebesuquea «¡Ay, Federico Jesús de mi vida, de mis entrañas, de mi corazón!» El niño mira hacia los cielos y pide que «si puede ser, Padre, aparta de mí este cáliz y me lo cambias por otro».

María llega de nuevo al portal y se encuentra con otro niño, talludito, de pelo lacio y moreno, ocupando el pesebre. Todos permanecen callados, con los ojos hacia el suelo. José silba como distraído y evita la mirada de María que lanza un «¡Eh! ¿Qué ha pasado aquí?» José se levanta de hombros y niega tres veces, pero todos (acusicas) le señalan sabiendo las malas pulgas que gasta la Virgen. «Qué quieres que haga, churri, si este niño se parece más a mí que el mío, joer…» La Virgen suelta una colleja al okupa del pesebre y coloca con ternura a Federico Jesús.

Las figuritas vuelven a la carga, a quejarse de su ausencia este año, y reclaman su papel importante en la historia. Todos dicen ser indispensables y alzan la voz hasta que se escucha un grito impostado y autoritario: «¡Quieto todo el mundo!». Con tanto guirigay nadie se ha percatado de que los Reyes Magos han salido de su letargo en la caja de mocasines burdeos talla 43 marcada mediante rotulador indeleble gordo como “BELEN R.M.”. «¡Quieto todo el mundo!», repite Melchor mientras saca un tricornio oculto bajo su capa y lo intercambia con la corona. Gaspar y Baltasar le imitan. «Ni esques ni escos», suelta cuando algunos tratan de justificarse. En unos segundos ya han controlado la situación y el silencio es completo. No se escucha ni el revoloteo de las moscas del buey, ni las de la mula ni las del ángel. Gaspar anota lo que dicta Melchor: «Escuchando voces, bullicio y alborotos, saliendo de la caja-cuartel, llegando al lugar de los altercados, observando la situación, procediendo a…». Mientras, Baltasar va tomando nota, uno por uno, de todos los presentes. Después de un rato, Melchor decide que el belén estará como siempre, sin minimalismos ni tonterías, que eso son sindioses que no acepta la gente de bien y la Navidad es de gente de bien. Tomada la decisión, obliga por orden de la autoridad moral (la suya, evidente) a montar todo "i-gua-li-to-que-to-dos-los-a-ños".

Tras un ir y venir constante durante varios minutos, el belén queda perfecto, los manteros son recolocados como pastores a tiempo completo y las mercancías incautadas... de momento. Los Reyes se han alejado a la distancia correcta para que cada día los acerquen un poquito hacia el portal. Todo está tranquilo, casi como siempre: la Virgen canturrea, Federico Jesús observa cómo beben los peces en el rio y San José levanta un poquito sus ropajes y suspira al ver como brillan sus nuevas er-Jordán por debajo de la túnica.   

     

El primer lyriano del sistema solar

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay 
Mi nombre es Likoan-Latse y soy uno de los ocho denerthes, la élite científica de mi mundo. Fui enviado a la Tierra para defenderla del ataque de los reptilianos, la misma raza violenta que tras las Guerras de Orión aniquiló mi hogar, un planetoide en la tercera órbita de la estrella Deneb.
    En el tiempo que llevo aquí, he combatido sus ataques con todo lo que la tecnología de este atrasado planeta me ha permitido: tubos de descarga, ondas en plasma, pulsos de energía, escudos electromagnéticos… Pero no he podido permanecer oculto por más tiempo. Ellos y sus guerras me han forzado a mostrarme. Temo que su falsa raza aria logre conquistar el planeta. Lucho, lloro, resisto. Sufro constantes sabotajes, saqueos y mentiras que pretenden desarmarme. Cambio de hotel con frecuencia para no ser capturado. Rastrean el anagrama terrestre de mi nombre. Me llaman Nikola Tesla.


(ENTC - Monstruoscopio 2022 - Ronda 3)

Intraterrestres

Hace tres días que comenzó la invasión de la superficie. Los agarthianos surgieron del interior cuando los polos perdieron gran parte del hielo y las entradas a su mundo quedaron al descubierto. En pocas horas se extendieron como una marabunta y controlaron todo el planeta. Ahora emergen por cualquier agujero —simas, volcanes, grutas—, como si la Tierra fuera su inmenso hormiguero.
Ayer, sobre el desierto, ascendió su reina, un ser de piel blanca y cabellos brillantes envuelta en una luz cegadora. Parecía que en el firmamento hubiese dos soles. Descendió de los cielos en un carro de fuego tirado por leones tan blancos como la nieve y extendió su mente sobre las nuestras para contar su historia: una civilización bajo nuestros pies que, desde hace milenios, preserva el planeta. La última vez que salieron aniquilaron a los atlantes por devastarlo. Los humanos no correremos mejor suerte.

(ENTC - Monstuoscopio 2022 - Ronda 2)

¡Ay, Ptolomeo, qué mareo!

Tuve una extraña belleza. Atrayente, eso dicen. Tal vez, si hubiese nacido dos milenios más tarde, habría sido «La faraona de París», la más rutilante vedete del Folies Bergère o del Moulin Rouge. «La gran Cleopatra», dirían los carteles. Qué delicia, cantar vestida de ORO y, alrededor de mi cuerpo, una inmensa boa de plumas. Sí, boa, y no esa tontería del áspid. Quita, quita, que yo no dejo que un bicho feo me muerda, que con un pinchacito de nada yo misma introduje el veneno en mi cuerpo… Y qué deliciosa vida habría sido, ¡ay!, envuelta en lujo y pasiones: ramos por un beso, palacios por una sortija, sus vidas por mi atención. Luz, color, fiestas y piedras, pero preciosas, no de esas egipcias, polvorientas y abarrotadas de grabaditos con gente que nunca miraban a la cara y siempre que los necesitabas se ponían de perfil. 

(ENTC - Monstruoscopio 2022 - Ronda1)

Piel de dragón

Hay rabia en cada golpe de martillo. Vuelan las chispas del metal y las gotas de sudor de su cuerpo. Tiene el brazo entumecido, el hombro agarrotado, la espalda dolorida. Jadea, pero continúa.
   Tras devolver la pieza a la fragua, bebe un trago de aguardiente y escupe las últimas gotas hacia las brasas. El fogonazo araña las cicatrices de su piel y atormenta sus ojos. En la llamarada cree ver a su demonio. Da un paso atrás y remueve el carbón con el atizador. Restriega su frente con el antebrazo, recompone los vendajes de sus manos y ajusta el delantal de cuero sobre su cuerpo lacerado.
   Vuelve al yunque. Golpea una y otra vez hasta que tiene la última pieza forjada con trozos de escamas de la bestia alada. Se viste con la armadura y se acerca al fuego. Sonríe. No siente el calor; tampoco sentirá el aliento abrasador de su enemigo.

(ENTC - Calores y Regresos - Septiembre 2022)

El extranjero

A mi paso, las ventanas se cierran y las calles se vuelven silencio. Los vecinos esconden a sus hijas y a sus mujeres, las miradas matan desde los portales, el temor acecha tras los visillos. Los únicos ruidos, la cadencia de mis pisadas, la carga de una escopeta y el ladrido de algún perro. Desde el puente que levantó mi abuelo, echo la vista atrás para ver cómo el pueblo se recompone sin mi incómoda presencia. Sigo el camino. Me alejo de la tierra de mis antepasados, donde todos esos colonos pisotean ahora el suelo en el que nací.
(Esta Noche Te Cuento - Agosto 2021 - Naipes o extranjeros - Relato Mencionado)

Noche de reyes

Cada 5 de enero, ella vuelve del mercado con una caja de langostinos. Los esparce por la bañera y, desnuda, se mete dentro. El olor y la humedad le recuerdan al mariscador que ella tanto amó. Llora, se restriega el cuerpo con ellos. De vez en cuando les arranca alguna cabeza.  Deja que el líquido impregne todo, incluso el aire, y así pasa el día, dentro, bebiendo hasta perder el sentido. Cuando despierta rodeada de un olor nauseabundo, se ducha y limpia todo con sosa cáustica, como aquel 5 de enero que encontró a los dos en su cama.

Microrrelato ganador de la VIII edición de Relatos con Banda Sonora
La Ventana - Cadena SER - Agosto 2022
Canción: María la portuguesa, de Carlos Cano, el gran Carlos Cano

La profesión va por dentro

La plañidera, que tantas veces ha dado el pésame, que siempre camina decidida hacia el ataúd, que apretando en sus manos las monedas por su trabajo ha llorado sin descanso ni consuelo frente a muertos ajenos, camina ahora en silencio, seca, temblorosa, con las manos vacías para poder agarrarse con fuerza a su pecho y al féretro de su único hijo.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 463-464. Julio-agosto 2022)

Respeto por las tradiciones

En este pueblo no hacemos velatorios. Cuando alguien cree que va a morir, coge la pala, sale de casa, cava su propia tumba y, allí dentro, espera el final: sin molestar. Si después de tres días no aparece por el bar, vamos todos al cementerio, cubrimos su cuerpo con la tierra y el más viejo se lleva la pala. Así ha sido durante tanto tiempo que ya ninguno recordamos cómo era antes. Tan solo tuvimos un problema con el tío Fabián: nos lo encontramos al cuarto día dando vueltas por la calle Mayor, empeñado en que le había sido imposible acudir al bar por un asunto familiar. Lo que nos costó devolverlo a la tumba: cómo se resistió para estar muerto.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 463-464. Julio-agosto 2022)