Decían que era rarita porque nunca pudo hablar. Hacía aspavientos, miraba con circunspección y entrecejo valorativo, pero ni una sola palabra. Por la calle, no andaba, corría sin parar, imprevisible y zigzagueante, observando, y si algo llamaba su atención, aceleraba y advertía, brazo en alto, que algo había ocurrido. Hasta la mañana en la que el alcalde tuvo el accidente que le dejo medio tonto y descalabrado en la acera. Nadie se fijó en que ella señalizaba el lugar. Por eso, la corporación municipal decidió que lo mejor sería aprovechar su tendencia a marcar sucesos regalándole aquel irritante silbato.
(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)