De la necesidad, virtud

Decían que era rarita porque nunca pudo hablar. Hacía aspavientos, miraba con circunspección y entrecejo valorativo, pero ni una sola palabra. Por la calle, no andaba, corría sin parar, imprevisible y zigzagueante, observando, y si algo llamaba su atención, aceleraba y advertía, brazo en alto, que algo había ocurrido. Hasta la mañana en la que el alcalde tuvo el accidente que le dejo medio tonto y descalabrado en la acera. Nadie se fijó en que ella señalizaba el lugar. Por eso, la corporación municipal decidió que lo mejor sería aprovechar su tendencia a marcar sucesos regalándole aquel irritante silbato.

(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)

La mejor noche de sus vidas

Ella le abre ataviada con las botas de fútbol y los arneses de cuero. «Has sido malo», le clava los tacos en el pie izquierdo, «sácame la roja si te atreves», y le escupe. Le obliga a bajarse el pantaloncito negro, «quiero verlo en los tobillos». Le arranca el silbato, «tres penaltis en contra», le azota, «¿sabes dónde lo va a poner mamá?» Le ata pies y manos con la bufanda de su equipo, «y nuestro mejor jugador expulsado». Lo amordaza, le insulta tapándose la boca, «sinvergüenza», y le patea la espinilla. «Créeme, lo vamos a pasar muy muy bien».   

(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)