USA 2 - IRÁN 5

El bar estaba vacío y sucio; solo una triste luz encendida y la imagen fija en la televisión con el resultado de aquel partido, como en todas las televisiones del mundo. Me senté en un taburete mugriento y deposité a mi rata sobre la barra. Olfateó el aire y salió disparada dejando un rastro de huellas en el polvo. En unos segundos, escuché un grito detrás de la barra. Cuando me asomé, un tipo moribundo, con la piel hecha girones y sin brazos, pateaba el suelo con sus botas mientras mi compañera roía una de sus cuencas oculares. Me gusta verla de caza, pero no soporto el sonido de sus dientes rasgando los tejidos. Me coloqué los auriculares y conecté el MP3. La flaca: ideal. El volumen a tope. A Pau Donés hay que escucharlo sin gritos alrededor. Cuando mi amiga volvió satisfecha, la acaricié y la puse de nuevo en la mochila. Antes de salir, lancé un cenicero a la pantalla. Estalló y empezó a arder. Igual que el planeta.

(El Mundial también se escribe. Junio, 2026)

Punto de inflexión

Repasa los cánticos y gritos que ha ensayado toda la semana. Se imagina saltando con cada gol, abrazada a sus padres, entre lagrimones de alegría. No le importa que el equipo no haya ganado los últimos cuatro partidos. Esta vez estará ella y eso lo cambia todo. Su “a la bimbombá” es el mejor. Mamá, papá y hasta la yaya se lo han dicho. Cuando entran al estadio apretuja las manos de sus padres y huele la bufanda. Imagina que ganan, de paliza, y, sobre todo, la alegría de gritarle “a la bimbombá”, bien fuerte, al abusón de Carlitos.

(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)

De la necesidad, virtud

Decían que era rarita porque nunca pudo hablar. Hacía aspavientos, miraba con circunspección y entrecejo valorativo, pero ni una sola palabra. Por la calle, no andaba, corría sin parar, imprevisible y zigzagueante, observando, y si algo llamaba su atención, aceleraba y advertía, brazo en alto, que algo había ocurrido. Hasta la mañana en la que el alcalde tuvo el accidente que le dejo medio tonto y descalabrado en la acera. Nadie se fijó en que ella señalizaba el lugar. Por eso, la corporación municipal decidió que lo mejor sería aprovechar su tendencia a marcar sucesos regalándole aquel irritante silbato.

(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)

El mejor encuentro de sus vidas

Ella le abre ataviada con las botas de fútbol y los arneses de cuero. «Has sido malo», le clava los tacos en el pie izquierdo, «sácame la roja si te atreves», y le escupe. Le obliga a bajarse el pantaloncito negro, «quiero verlo en los tobillos». Le arranca el silbato, «tres penaltis en contra», le azota, «¿sabes dónde lo va a poner mamá?» Le ata pies y manos con la bufanda de su equipo, «y nuestro mejor jugador expulsado». Lo amordaza, le insulta tapándose la boca, «sinvergüenza», y le patea la espinilla. «Créeme, lo vamos a pasar muy muy bien».   

(El Mundial también se escribe. Siete días, siete partidos. Junio, 2026)