El bar estaba vacío y sucio; solo una triste luz encendida y la imagen fija en la televisión con el resultado de aquel partido, como en todas las televisiones del mundo. Me senté en un taburete mugriento y deposité a mi rata sobre la barra. Olfateó el aire y salió disparada dejando un rastro de huellas en el polvo. En unos segundos, escuché un grito detrás de la barra. Cuando me asomé, un tipo moribundo, con la piel hecha girones y sin brazos, pateaba el suelo con sus botas mientras mi compañera roía una de sus cuencas oculares. Me gusta verla de caza, pero no soporto el sonido de sus dientes rasgando los tejidos. Me coloqué los auriculares y conecté el MP3. La flaca: ideal. El volumen a tope. A Pau Donés hay que escucharlo sin gritos alrededor. Cuando mi amiga volvió satisfecha, la acaricié y la puse de nuevo en la mochila. Antes de salir, lancé un cenicero a la pantalla. Estalló y empezó a arder. Igual que el planeta.
(El Mundial también se escribe. Junio, 2026)
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