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A vuela pluma

Cuando alcancé la edad del pavo, me brotaron unos plumones despeluchados y blanquecinos. No les di mucha importancia porque la abuela, esa ave de mal agüero, siempre decía que papá era un cabeza de chorlito y mamá una pájara. Pero cuando mi aspecto se tornó colorido y brillante, a papá se le cambió la cara de un plumazo y le dijo a mamá que era más puta que las gallinas. Mamá le soltó que se lo había puesto a huevo, que después de tanto tiempo mareando la perdiz, se había ido a pelar la pava con el vecino; que si no hubiese hecho tanto el ganso, otro gallo cantaría. Papá dijo que él no iba a pagar el pato. Dio dos graznidos, un portazo y ahuecó el ala. Mamá cacareó que mejor así, que ya estaba cansada de cargar con el mochuelo.
(Texto incluido en la antología Equilibristas)
(ISBN: 978–84-19823–40‑3)

La profesión va por dentro

La plañidera, que tantas veces ha dado el pésame, que siempre camina decidida hacia el ataúd, que apretando en sus manos las monedas por su trabajo ha llorado sin descanso ni consuelo frente a muertos ajenos, camina ahora en silencio, seca, temblorosa, con las manos vacías para poder agarrarse con fuerza a su pecho y al féretro de su único hijo.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 463-464. Julio-agosto 2022)

Respeto por las tradiciones

En este pueblo no hacemos velatorios. Cuando alguien cree que va a morir, coge la pala, sale de casa, cava su propia tumba y, allí dentro, espera el final: sin molestar. Si después de tres días no aparece por el bar, vamos todos al cementerio, cubrimos su cuerpo con la tierra y el más viejo se lleva la pala. Así ha sido durante tanto tiempo que ya ninguno recordamos cómo era antes. Tan solo tuvimos un problema con el tío Fabián: nos lo encontramos al cuarto día dando vueltas por la calle Mayor, empeñado en que le había sido imposible acudir al bar por un asunto familiar. Lo que nos costó devolverlo a la tumba: cómo se resistió para estar muerto.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 463-464. Julio-agosto 2022)

La explosión de la primavera

Me he enamorado de la nueva vecina. No tengo claro cómo ocurrió, pero sí cuándo: el día que coincidimos las dos en el ascensor. Quizás fue por el delicado olor de la hierbaluisa que llevaba prendida en su pelo. Tal vez por el profundo verde selva de sus ojos velados. O por esa sonrisa tan natural. No lo sé, pero deseé quedarnos allí encerradas.

        Desde entonces, paso las tardes asomada al balcón, justo sobre su terraza, y la contemplo. Veo cómo se mueve entre jardineras y macetas, siempre guiándose con sus manos, sin equivocar ni un solo paso. En ocasiones se detiene, ladea su cabeza hacia mi balcón y sonríe. Luego susurra a las caléndulas y a los geranios, besa los pensamientos y acaricia las orquídeas del rincón. Poco a poco el aire se convierte en fragancia. Cierro los ojos equilibrando nuestros sentidos e imagino que, perfumadas de frescura, tropezamos a solas en el ascensor.

(Bichos o balcones - ENTC - 2022)

Calabazas

Desde que anunciaron mi boda con el príncipe, no me dejan en paz. Las llamadas son constantes, la calle está llena de periodistas y los paparazzi anidan en las ramas de los árboles. Ni con las ventanas cerradas dejo de oírlos. Ayer quise salir a comprar y no pude llegar ni a la reja del jardín. Y mientras tanto mi príncipe de cacería. Me tiene harta, muy harta. Ahora mismo llamo a mi hada madrina y le pido que me agrande el pie.
(Finalista mensual - La Microbiblioteca - Mayo 2022)

Hija única

La niña pone la manita sobre la abultada tripa de su madre y pregunta si falta mucho. La madre le sonríe y contesta que no, que en muy pocos días podrán abrazarse y darse muchos besos y que muy pronto compartirán toda la ropa y los juguetes. La niña ladea su cabeza, lanza un beso a su madre y regresa entre saltitos a su cuarto. Cierra la puerta con sumo cuidado, esconde su camiseta de princesas tras el cajón del armario y, canturreando, empieza a afilar todos sus juguetes.


(Hermanos o relojes - ENTC - 2022)

Evolución

Nos extrañó que naciese con pocas escamas. Pensamos que se trataba de algún retraso en el crecimiento, pero cuando vimos que tampoco desarrollaba la aleta ventral y le salían esas patitas nos preguntamos en qué habíamos fallado.
     Ahora se pasa el día entero en su agujero del arrecife haciendo vete a saber qué y por las noches se larga de correrías con sus amigotes. Vuelven con la marea, arrastrándose. Ellos lo llaman “flow”. Van a la suya; no cuentan nada. Dicen que somos unos pesados, unos antiguos y que les dejemos en paz o un día de estos se van más allá de la orilla y no vuelven nunca más.

(Finalista mensual - La Microbiblioteca - Marzo 2022)

Huir de la quema

Del aula no ha quedado nada: ni un lápiz, ni un borrador, ni la tutora. Entre una nube de adultos, distingo a mi hermano. Al verme, se lanza a mis brazos. Todos dicen que ha sido una suerte que sea el único superviviente. Sonrío nerviosa y les digo que sí. Tomo su mano y salimos. Cuando llegamos a casa, su cuerpo ya no arde por dentro. Hacemos las maletas y cambiamos de ciudad, cada vez más cerca del polo norte.

(Mundo Iracundo - Antología - Editorial Minificción - 2022)

a. C / d. C

En el pueblo hay una gran expectación. Doña Milagros, nuestra beata, jura por Cristo Señor que un delicado coro de ángeles, serafines y querubines, liderado por un arcángel, interpretará con sus deliciosas voces un concierto divino. Así se lo ha manifestado una voz tremendamente profunda en la capilla del santo Patrón. Don Miguel, el cura, afirma que si ella lo dice, será verdad. El alcalde, por si las moscas, ha colocado un escenario en la plaza de la iglesia: no quiere arder en el infierno si es que existe.
      A las ocho de la tarde, con puntualidad sobrehumana, los Ángeles del Cielo llegan en sus motos. Cubren las preciadas alas con cazadoras de cuero y los ojos con gafas de sol. «Tienen pupilas delicadas», explica la beata.
       Después de los primeros acordes, nadie sabe qué decir. Todos pensaban que los coros celestiales eran menos estruendosos. A pesar de todo, doña Milagros baila como poseída en mitad de la plaza. Por un momento parece levitar sobre los adoquines mientras el ser divino de cabellos de ángel que tanto recuerda a don Miguel aporrea la batería y canta con voz tremendamente profunda Highway to Heaven.

(Ángeles o gigantes - ENTC 2022) 

Imagen de Pete Linforth en Pixabay

Autopsia de un comienzo

Ahora reposan en la cámara de esta morgue con sus alientos intercambiados. Un lúgubre camión frigorífico los ha traído hasta aquí. Encontraron sus cuerpos entrelazados muy cerca del glaciar. El alud sepultó los últimos abrazos bajo la nieve. Perdidos en besos y caricias, la ventisca los desorientó. Un aire gélido acompañó sus juegos de seducción. Huyeron juntos de la frialdad de aquel congreso. Ambos percibieron el final del invierno en sus corazones. A ella le enamoró el azul ártico de su mirada; a él, la frescura de su sonrisa. Ella sintió un escalofrío cuando rozó su piel. Él susurró algo a su oído para romper el hielo. Temblando, se había acercado a ella.

(Fríos o comienzos - ENTC - 2022)

El arte decadente

A mis padres, que me enseñaron el lado absurdo y divertido de las cosas.


Manolo Dosaguas Cienfuegos, Mano para los amigos, era, en secreto, el detector de la pincelada, el catador del museo, la nariz del Prado. Tras más de veinte años como vigilante nocturno, podía distinguir por el olor el periodo artístico al que pertenecía una obra, por el sabor el año aproximado en el que fue pintada y por el tacto la escuela o, incluso, el maestro que había realizado los trazos. Durante sus rondas, Mano se paraba delante de un cuadro y, sin encender la linterna, recorría con sus dedos las huellas dejadas por el pincel. Luego acercaba la cara y dejaba que su nariz se empachara con los olores de las materias usadas en los pigmentos y un leve toque de su lengua sobre el lienzo era suficiente para percibir el regusto de antigüedad de los barnices. Algunas noches ordenaba los cuadros de sus salas por el sabor y otras por el olor, aunque, tal y como marcaba la dirección del museo, terminaba el turno ordenándolos por el tacto. Mano vivía feliz entre lienzos.

    Pero un día se conjuraron todas las fuerzas dañinas del universo al alinearse un maldito resfriado de los que hacen de la nariz un grifo y un bocadillo de atún de marca blanca con pimientos del piquillo de la huerta chilena, eso sí, preparado por su madre con mucho amor, aunque con muy poca mesura en sabores y aceites. Y es que Mano, a sus 54 años, aún vivía con ella, según él, para evitarle a la señora el trauma del nido vacío.

    Las consecuencias de tanto cariño maternal delimitado por yescas de pan fueron una boca atunera y unas manos pringosas que, unidas a la destiladora nariz, sugerían cualquier otra actividad antes que la de ordenación de obras pictóricas. Pero, por desgracia, el ser humano rara vez ve el peligro por la seguridad que da el oficio y la necesidad y el amor al arte pudieron más que la lógica.

    Serían alrededor de las nueve y cuarto de la mañana cuando el responsable de la colección permanente avisó al director. Al llegar al museo se percató de que el problema era mayor de lo imaginado: paredes sin cuadros, un Goya entre un Bosco y un Murillo, restauradores llevándose obras de aquí y de allá… Pero lo peor estaba en la sala 29: cuadros descolgados con brillos extraños, otros del revés y un Tiziano rezumando aceite. Hasta Las tres gracias se habían puesto de espaldas para no ver el panorama. Y en medio de la sala, un corro formado por algunos guardias del museo se abrió para dejar paso al director.

    En el centro del círculo, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y abrazado a si mismo, estaba Mano. Lloraba a moco tendido, con las huellas aceitosas de sus manos en la camisa y restos de mocarros en los puños de sus mangas. Se mecía rítmica y mecánicamente y en cada uno de sus movimientos soltaba un «lo siento», uno tras otro, como si se hubiese convertido en un metrónomo plañidero.

    Lo último que se supo de él fue que también le echaron del banco donde lo reubicaron cuando una mañana apareció en el despacho del director ligero de ropa, babeando y abrazado a una mala litografía de La maja desnuda.


(Publicado en Letra impresa, Escuela de Escritores. 2021 - ISBN 9798502008402)

Showtime

A las 22:00, se produjo la erupción.
Mientras todos los animales huían despavoridos, las faldas del volcán se fueron llenando de curiosos, reporteros, vecinos que hablaban de lo tranquilo que parecía, jóvenes haciéndose selfis al borde del cráter, tertulianos, influencers, profetas y predicadores del fin del mundo, vendedores de magma y cenizas y alguien que pasaba por ahí. A las 22:15 el volcán se apagó y todos volvieron a sus casas defraudados. Solo el ruido de un tiroteo consiguió animarles de nuevo.


(Finalista anual Relatos en Cadena - 2021 - mayo) 

Cadena alimenticia

Dejo que el viento mueva mis harapos, suelto alguna brizna de paja para aparentar naturalidad y cuando creen que soy un espantapájaros más, me lanzo sobre ellos. Nunca necesito más de dos tajos para cobrar la pieza. Desde que algunos se aventuran fuera del asfalto, es la mejor forma de alimentar a mis fieras. Sí, cazarlos es fácil, lo difícil es deshacerme de las mochilas escolares.

(Finalista VIII Concurso Microterrores - Diversidad Literaria - 2021)

De naturaleza sensual

Ella esperó entre pétalos, apasionada y abierta. Él se dejó caer encima atrapado por el expuesto rosa de su ser. Ella sintió su cuerpo y el suave roce de la lengua es sus recovecos. Él probó su dulce néctar e impaciente penetró su interior. Ella se meció y se dejó hacer. Él no esperó y se dejó mecer. Ella guardó el polen de su efímero encuentro y él salió zumbando en busca de otra flor.


(Seleccionado VII Concurso de microrrelatos eróticos "Sensaciones y sentidos". Diversidad Literaria - 2021)

Conquistado

Imagen de Rodrigo Farhat en Pixabay 

Tras una larga caminata, abriéndome paso a golpes de machete, llegué al poblado. La tribu, vestida con taparrabos, me rodeó. Algunos se aventuraron a tocar mis ropas, el sombrero y mis cabellos dorados. Me mostraron sus collares y pendientes hechos de hueso y madera y, entre sonidos guturales y risas, me llevaron hasta la tienda del jefe. Le enseñé la cantimplora, las cerillas y a fumar. Y cuando iba a despedirme para volver al campamento, el jefe sacó su tabaco y el móvil, nos hicimos un selfi y pidió unas pizzas. Pagué yo.

(Finalista diciembre 2020 - La Microbiblioteca Esteve Paluzie, Barberà del Vallès)

Pies de barro


El director sacó los zapatos del cajón y los plantó sobre el pupitre de un golpe. El jefe de estudios había revisado uno por uno los de todos los chicos del internado y las suelas de los suyos coincidían con las huellas bajo la ventana del dormitorio de las chicas. Llegaron los gritos, las amenazas, la intimidación. Soportó la bronca sin apartar la vista de los zapatos: no podía dejar de pensar que esa misma mañana, Carlos, su Carlos, se los había cambiado por un beso.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 445 - enero 2021)

Amor arrebatado

Le pido que haga todo lo posible por mantener con vida a mi marido un poco más y ella se esfuerza, incluso cuando ha terminado su turno. Es atenta y amable. En ella descubro consuelo y a una confidente. Me toma de la mano y me da ánimos. Es divertida. Me hace reír. Pasamos muchas horas juntas. Le agradezco el esfuerzo y su compañía. Le digo lo afortunada que me siento desde que ella apareció con su estetoscopio en la habitación. La invito a cenar, nos besamos y al final, por no sufrir, optamos por desconectar a Paco que se nos va.

(Finalista semanal XIV Edición de Relatos en Cadena. 09/11/2020)

Vendetta

Se alejó de la cama, apuró su copa de vino ICONO y encendió un cigarro. El tipo dejó de convulsionar. Salpicada de sudor y sangre, se sintió vengada y sucia. Tomó una ducha, recogió el cuchillo y con la gabardina sobre la piel húmeda y desnuda desapareció del hotel.

(para @valencianegra #280tirsICONO)

Soplón

Me han pillado por sorpresa mientras tomaba unas copas de ICONO en el bar de Freddy. Ha sido justo antes de descubrir mi fobia al agua —especialmente cuando me cubre— y al cemento, sobre todo cuando rodea mis pies.

(para @valencianegra #280tirsICONO)

El mono infinito

El teorema del mono infinito afirma que «si un mono pulsara teclas al azar en un teclado durante un periodo de tiempo infinito, probablemente podría escribir cualquier obra literaria existente».

Pues bien, yo tengo a ese mono.

El mono no es encantador, no tiene buena dicción, pero conserva todos los dedos, lo cual es muy útil para cumplir mejor con el teorema. A mi entender, cuantos más dedos tienes más teclas puedes pulsar. Si el mono tuviese un solo dedo en cada mano teclearía igual que yo, al mismo ritmo. En tal caso no escribiría más de tres cuentos y una novela corta en diez años… como yo. Pero el mono parece ágil, despierto y con cierto interés.

Esta mañana hemos ido juntos a comprar una máquina de escribir. Nos ha costado un tiempo infinito. El mono subía a todos los escalones, entraba en todos los soportales, perseguía a los perros y gritaba a los ciclistas.

—¡Qué niño tan movido! —ha dicho mi vecina, la del cuarto, la cegata—. Se le da un aire. ¿Es suyo?

Tras pasear por varios puestos del mercadillo, disculpándome con la mitad de los vendedores por el comportamiento del mono, la he visto. Me he enamorado de una Underwood Five en buen estado y que conservaba la tapa de transporte. Sí, he dicho «conservaba» porque volviendo a casa el mono ha salido corriendo con ella y, lamentablemente, la hemos perdido. Menos mal que, según mi madre, tengo una paciencia infinita.

Al llegar a casa la hemos instalado en el mejor sitio: bajo la ventana del salón, junto al ficus y un bloque de hojas de papel. He sentado al mono delante y ha tirado los papeles y el ficus. También ha conseguido liar los martillitos de las teclas Q y L. Lo he vuelto a montar todo, pero esta vez sin el ficus. He insertado una hoja y he vuelto a sentar al mono.

He empezado yo, despacio. He pulsado cuatro teclas. Al mono le ha hecho gracia y ha comenzado a imitarme. «¡Bien!». Ha cogido velocidad y yo me he retirado. A mí no me gusta que miren lo que voy escribiendo; entiendo que al mono tampoco.

He ido a la cocina a preparar algo mientras escuchaba el sonido constante de las teclas. Algunas veces más rápido, otras no tanto, pero sin pausa. Se ve que el mono estaba disfrutando. Diez minutos más tarde he vuelto con una lechuguita para mí y unos cacahuetes para él. «Es necesario aportar energía a cuerpo y mente».

Al mirar lo que había tecleado, me he encontrado con un problema: el mono solo había escrito una línea que se perdía en los límites infinitos de la hoja. Me he temido lo peor. Habían pasado pocos minutos, pero quizás había creado un microrrelato tan maravilloso como el del dinosaurio de Augusto Monterroso y había quedado perdido en el limbo de la cinta de la máquina.

—Si no mueves la palanquita del salto de línea ni haces el retorno de carro, estarás escribiendo todo el tiempo en el mismo sitio —le he dicho lentamente, como cuando se habla a un extranjero. El mono me ha mirado con la lengua fuera y rascándose la oreja.

Para evitar problemas he decidido quedarme un rato con él. Cada vez que se ha acercado el final de la línea, he realizado las maniobras para recuperar la posición de escritura. Todo ha ido bien hasta que hemos alcanzado el final de la hoja. Le he hecho parar. Se ha enfadado, ha dado un puñetazo al teclado y, chillando, se ha sentado en el sofá; igual que hacía mi tío Juanjo.

Tras analizar la situación, he salido a comprar un ordenador que incluyese un procesador de texto automático. Hemos guardado la Underwood en el altillo y he instalado el ordenador. La verdad es que el teorema no dice nada de salto de línea ni retorno de carro, pero…

Reformulación: «Si un mono pulsara teclas al azar en un teclado de un sistema automático con procesador, dieciséis gigas de memoria y disco duro de dos terabytes durante un periodo de tiempo infinito, probablemente podría escribir cualquier obra literaria existente».

Pues bien, yo tengo a ese mono y ese sistema automático.

He vuelto a sentar al mono y, quizás animado por la pantalla de colores, se ha puesto a teclear como un poseso. He visto que el procesador se encargaba de todo: salto de línea, salto de página, autoguardado… «Qué tranquilidad», he pensado.

Me he sentado en el sofá a echar una cabezadita con los auriculares puestos para minimizar el ruidito constante de las teclas. He soñado que escribíamos las obras completas de Ryoki Inoue ¡dos veces! He despertado y, al quitarme los auriculares, no he oído nada. El mono estaba allí, pero no escribía. Me he acercado y he visto que estaba jugando al buscaminas. Cuando he intentado quitarle el ratón, se ha puesto a chillar y ha decidido marcar el ordenador con su orina. Me han dicho los de la tienda que la garantía no lo cubre.

—El ataque urinario de primates al contenido de la vivienda no está cubierto, señor —me ha indicado el empleado del seguro del hogar.

Me he sentado a pensar, acompañado por la infinita verborrea del mono, y se me ha ocurrido que, en lugar de teclear, quizás era mejor escribir lo que dijera el mono, que él dictara y yo escribiese.

Nos hemos puesto a ello. Tras unas nueve horas escribiendo con la Underwood rescatada del altillo, hemos parado para descansar. He repasado lo escrito y he visto que en la página ciento ochenta y siete había un párrafo con cierta similitud a un texto. Lo he leído en voz alta: 

«… si un mono dicta sonidos al azar mientras un humano los va tecleando en algún dispositivo durante un periodo infinito, probablemente podría escribir cualquier obra literaria existente. Pues bien, yo tengo a ese humano».

(publicado en Un lugar contra el frío, Escuela de Escritores. 2020 )