Trampas de la memoria

Camina absorta en el eco de sus pasos. Se detiene y hace presión con la maltrecha punta del pie en una de las tablas. Le gusta ese tenso crujido del suelo, el olor rancio del escenario, las arrugas del telón, el esplendor de los focos ahora apagados, el murmullo del público, las noches de estreno, los aplausos: sus aplausos. Abre los brazos y se inclina durante varios segundos. Se yergue con parsimonia y repite la reverencia. Atrapa al vuelo una flor irreal, simula olerla, interpreta un beso en los pétalos y la arroja con un rebuscado movimiento hacia la platea vacía. Saluda a los palcos, a los pisos superiores. Se abraza con fuerza a su torso y lanza besos en cualquier dirección. Sale y vuelve a entrar, quince veces, veinte, quizás más. Con la emoción pierde el resuello y la cuenta. Mira el reloj, restriega sus manos sobre la bata, se recoloca el moño y hace mutis mientras maldice esa mala cabeza de los últimos tiempos. Aún tiene que barrer los camerinos y no recuerda en qué parte de las bambalinas ha olvidado la escoba.

(ENTC - Diciembre 2023 - Acta est fabula)

Male dire

Y empezó a caer y a maldecir desde lo alto del acantilado. Maldijo su vida en aquel orfanato de Catania y los años de reformatorio en Palermo. Maldijo sus malas compañías, a sus enemigos y el desastroso trabajo como sicario de don Vitto. Maldijo su suerte, sus decisiones, sus vicios y su vida entera. Y cuando vio que, por fin, tocaba fondo, maldijo la subida de la marea.

A vuela pluma

Cuando alcancé la edad del pavo, me brotaron unos plumones despeluchados y blanquecinos. No les di mucha importancia porque la abuela, esa ave de mal agüero, siempre decía que papá era un cabeza de chorlito y mamá una pájara. Pero cuando mi aspecto se tornó colorido y brillante, a papá se le cambió la cara de un plumazo y le dijo a mamá que era más puta que las gallinas. Mamá le soltó que se lo había puesto a huevo, que después de tanto tiempo mareando la perdiz, se había ido a pelar la pava con el vecino; que si no hubiese hecho tanto el ganso, otro gallo cantaría. Papá dijo que él no iba a pagar el pato. Dio dos graznidos, un portazo y ahuecó el ala. Mamá cacareó que mejor así, que ya estaba cansada de cargar con el mochuelo.
(Texto incluido en la antología Equilibristas)
(ISBN: 978–84-19823–40‑3)

Cortar las alas



Hace ya un tiempo que nos entraron unas ganas locas por volar. Comenzamos con pequeños aleteos para ganar fuerza, planeamos en lentos descensos desde el respaldo del sofá y día a día fuimos creciendo en resistencia y destreza. Ayer ascendimos a la lámpara de araña de la abuela usando la corriente cálida del brasero. Hoy hemos cruzado el salón hasta lo más alto del armario y a mamá, que nos ha visto, se le ha cambiado la cara; ha cerrado las ventanas y nos ha puesto unas cadenas. Dice que no se nos ocurra volver a hacerlo, que ninguno de nosotros está preparado para abandonar el nido.


Finalista XI Premio Colectivo Manuel J. Peláez
Zafra 2023

Andante, ma non troppo

Despertará muy temprano y se afeitará, igual que cuando trabajaba en la Filarmónica. Vestido de forma impecable, saldrá a la calle con la funda del violín. De camino al teatro, silbará a Tchaikovsky, a Dvořák o a Vivaldi: dependerá del tiempo, del mundo, del corazón. Cuando llegue al Liceo, extraerá el violín y depositará la funda abierta sobre el suelo de la Rambla. Calentará sus dedos tocando alguna sonata, pero hasta que los turistas no escuchen las notas de 𝘋𝘦𝘴𝘱𝘢𝘤𝘪𝘵𝘰, ninguna moneda pagará su desayuno.

(Finalista XXIX Concurso de Microrrelatos de Radio TV Lavapiés)

Space Oddity

Miro alrededor. Solo quedo yo a este lado del universo. En el otro, el camarero. Nadie más. Bebo mi cerveza. La cuarta, creo. La televisión encendida. Sin voz. En la radio, Bowie. Expulso una risa estúpida. Bowie: vinimos juntos. Un tipo con suerte: buen puesto y viaje de vuelta a casa antes de tiempo. Doy otro trago. El sudor del vaso cae sobre mi mano. Miro las gotas. Como un tonto. Mojo el índice en el líquido y punteo tres veces sobre el mostrador. Orión, explico al camarero. Asiente mientras seca una copa, la misma desde hace media hora. Qué sabrás, pienso. Habría que irse a casa, sugiere. Sí, a casa, respondo. Me levanto del taburete y desde la gota central de mi húmedo cinturón de Orión arrastro el índice por toda la barra. Lo arrastro. Lo arrastro. Lo arrastro, hasta llegar al final. Bebo un último trago y aterrizo el vaso vacío junto a mi dedo. Aquí, le indico. Aquí está. El camarero lo recoge y pasa la bayeta. A la de Orión invita la casa, dice. Hago una mueca y salgo. Hace frío. Siempre. Abrocho mi abrigo y miro hacia arriba, a la oscuridad, más allá de Orión.

(Esta Noche Te Cuento - Este es el difícil camino a las estrellas - Mayo 2023)
(Relato finalista - 2023) 
(Relato finalista Lince MontesdeToledo 2023)

Rima en disonante

Todas las mañanas, el poeta pasea su lirismo por las soleadas callejuelas. Derrama sus estrofas junto a los encalados muros. Entre los soportales, pareados; en aquella plaza, redondillas; una cuarteta en el cruce. Se detiene al descubrir un geranio despampanante que asoma en un alfeizar. Desde abajo lo reprende por su hermosura y deshoja unos aromáticos y aterciopelados epítetos. Si se cruza con la modistilla, declama un amor endecasílabo por sus entretelas y le propone hilvanar juntos unos versos libres. Siempre saluda con trazas de esponjosa delicadeza. A su paso, todos cierran la mirada y respiran hondo. Dicen que el aire que le acaricia huele a verso y ambrosía.
    Cuando vuelve a su humilde casa, cuelga en las oxidadas perchas de la entrada todos los adjetivos. Lanza sus zapatos hacia el pasillo y se desviste. Por el suelo va soltando su piel de poeta. Toma una cerveza de la nevera y se deja caer en el sofá en gayumbos. Bebe. Limpia su boca con el dorso de la mano, se rasca los huevos y eructa en prosa.

(Esta Noche Te Cuento - Las apariencias engañan - Febrero 2023)
(Relato finalista - 2023) 
(Relato finalista Lince MontesdeToledo 2023)

La importancia del contexto


Al ver el cartel, no pude resistirme. Me traje para casa dos NIÑOS algo moviditos, una SRA. de turgente conversación y (estaba incluido en la oferta) un CBLLRO. «de los de antes», según la dependienta. Y por muy poco dinero. Una buena compra, ¿verdad? Pues no, en poco más de una hora, y acompañado por el género adquirido, estaba de vuelta en la tienda. Menudo follón armaban los cuatro: gritos, insolencia, indolencia, conmoción. Lo que me costó atrapar a los NIÑOS y despegar al CBLLRO. del sofá. Aún no sé dónde escondió el mando de la tele. La vecina, en el ascensor y secundada por la SRA., me dijo que sigo pareciendo tan tonto como siempre, que desconfíe de las ofertas, sobre todo cuando se trate de personas.



No me devolvieron el dinero, pero me ofrecieron un vale que canjeé gustosamente por unas buenas zapatillas, que era lo que había ido a buscar al contexto. Recordad: sea cual sea el contexto, nunca tiréis el tique de compra.

El aroma del pan recién hecho

Su padre es un tal José Luis López-Brío y Gómez de la Portezuela, quinto marquesito de Postealto, tercer señor de Lucenitas y, por cuestiones de reducción del patrimonio, primer panadero del pueblo a tiempo parcial que, las noches sin luna llena, gustaba de amasar por las camas de los alrededores. «El levadura», le llamábamos, porque nunca fallaba y levantaba miga. Pero tuvo que huir del pueblo, comenta entre risitas otra de las que le echaban masa madre cuando ve pasar al hijo con la furgoneta de reparto. Se santigua, sobreactúa, y por los adentros suspira recordando aquellos tiempos en los que siempre tenía su horno encendido.

Cuento de Navidad

Este año quieren dar un toque especial al belén y se decantan por uno minimalista, con muy pocas figuritas, sin corcho que construya un portal, sin noche estrellada de fondo, sin pastorcillos, sin rio ni puente. Hasta los Reyes Magos se quedan en su caja. 

Después de unas horas, les parece que aquello está demasiado vacío y, sobre todo, desactualizado, así que incorporan en el paseo lateral, a la altura de Portal de Belén bajos 2ª, justo entre el final de la hoja de suelo falso y el equipo de música, a dos manteros vendiendo coronas y auras de Trous, sandalias er-Jordán y capazos de Blimba y Trola. Ahora sí, se dicen. Pero no, ahora no. Las figuritas más o menos antropomorfas, excepto el apesebredado niño, dejan su posición asignada y se acercan a los manteros. Que si esta corona que llevo tiene muchos años y mira esa de ahí que brilla más, se lamenta la Virgen; que si estas sandalias son un asco, están out y siempre he querido unas de marca, asegura San José con la mirada torcida hacia el cielo; que si un capazo de esos me iría deputamadreconperdón para llevar mi acondicionador de alas y el polvo de ángel, afirma el amorcillo que siempre se queja, pobrecillo, como en los cuadros de Murillo, de no tener un bolsillo…

De pronto, de la caja etiquetada como “Belén-2”, salen a ritmo (¡un, dos, un, dos, un, dos…!) los soldados de Herodes, una mezcla de romanos de plástico y tipos barbados con espada y túnica. «¡Paso en nombre de la ley!». Ante la ausencia de río, los manteros gritan «¡Polvo!» y corren a esconderse detrás del reproductor de CD. «¡Disuélvanse, esto es una venta no autorizada!». El que parece obrar como capitán del grupo represor arranca de las manos de la Virgen una corona. «¡Que es la mía, la de siempre! ¡Jose, Jose, mira este señor! Dile algo, cariño». Pero San José ya se ha calzado las nuevas sandalias y, orgulloso, vuelve a su posición para disimular. «¡Jose, dile algo, que me han arrancado mi santidad!» San José lanza un irónico ¡ja! y sigue a lo suyo; se imagina volando con sus pies asandaliados: lanzando triples, driblando defensores, haciendo mates como un poseso… «¡Jose, dile algo ya, calzonazos!» 

Con el griterío comienzan a salir de las cajas 2 y 3 el resto de las figuritas. Se juntan frente a la estampa del nacimiento, cuchichean, opinan: «unos liantes», dice la lavandera señalando aquí y allá, «¡míralos, menudos lamparones llevan!», y se golpea el pecho para reafirmar lo dicho. «Ese niño del pesebre brilla. Seguro que no es de este mundo ni natural», señala un pastorcillo animista. Todos se arremolinan y, poco a poco, se mueven hacia el recién nacido. Al ver el percal, María deja el forcejeo por la corona y, remangada, se interpone en jarras entre el Cristito y la muchedumbre de barro cocido y plástico multicolor. «¿¡Qué leches miráis, secundarios!?» Herodes, que ha llegado disfrazado de turgente pastorcilla cananea, amparado en el anonimato que otorga la multitud, toma la piedra veteada en blanco y gris, traída hace años de un pedregal del pirineo aragonés para adorno del rio de papel de aluminio (una piedra chulísima, de verdad), con la intención de lanzarla y descalabrar al churumbel. Por suerte para el bebé, Dios, en su omnisciencia, no ha otorgado al monarca el don de la puntería. La poca habilidad de Herodes lleva la piedra a la cabeza del buey que yace plácidamente tras el pesebre, junto al burro. Más tarde, cuando realicen el informe del atestado, el buey declarará que «estaba soñando con brutales estampidas en azules campos de amarillas amapolas bajo un apacible cielo entre trinos mañaneros y mugidos tornasolados» (N. del A.: ojo, los bueyes, tremendamente poéticos por naturaleza, también se caracterizan por desconocer los colores).

El buey, desorientado por el súbito impacto, continúa con su soñada estampida fuera del onírico espacio. Golpea el pesebre, con saña, y lanza al sacrosanto niño hacia las nubes (primera ascensión de Cristito). María, como un receptor de fútbol americano que busca el pase del quarterback, echa a correr con la vista fija en Federico (Federico Jesús en el registro civil). Tras sortear una gallina, dos pastorcillos, un árbol de plástico y una hilandera, en una fantástica estirada, la Virgen recoge al bebé antes de que este toque suelo más allá de la línea de anotación (extremo norte del papel de estraza sobre el que se asienta el belén). «¡Touchdown!», grita todo el belén mientras la Virgen, emocionada (es su primera anotación) está a punto de estampar a Cristito. En ese mismo momento, lo besa, lo estruja, le hace arrumacos, lo achucha, le canta, lo rebesuquea «¡Ay, Federico Jesús de mi vida, de mis entrañas, de mi corazón!» El niño mira hacia los cielos y pide que «si puede ser, Padre, aparta de mí este cáliz y me lo cambias por otro».

María llega de nuevo al portal y se encuentra con otro niño, talludito, de pelo lacio y moreno, ocupando el pesebre. Todos permanecen callados, con los ojos hacia el suelo. José silba como distraído y evita la mirada de María que lanza un «¡Eh! ¿Qué ha pasado aquí?» José se levanta de hombros y niega tres veces, pero todos (acusicas) le señalan sabiendo las malas pulgas que gasta la Virgen. «Qué quieres que haga, churri, si este niño se parece más a mí que el mío, joer…» La Virgen suelta una colleja al okupa del pesebre y coloca con ternura a Federico Jesús.

Las figuritas vuelven a la carga, a quejarse de su ausencia este año, y reclaman su papel importante en la historia. Todos dicen ser indispensables y alzan la voz hasta que se escucha un grito impostado y autoritario: «¡Quieto todo el mundo!». Con tanto guirigay nadie se ha percatado de que los Reyes Magos han salido de su letargo en la caja de mocasines burdeos talla 43 marcada mediante rotulador indeleble gordo como “BELEN R.M.”. «¡Quieto todo el mundo!», repite Melchor mientras saca un tricornio oculto bajo su capa y lo intercambia con la corona. Gaspar y Baltasar le imitan. «Ni esques ni escos», suelta cuando algunos tratan de justificarse. En unos segundos ya han controlado la situación y el silencio es completo. No se escucha ni el revoloteo de las moscas del buey, ni las de la mula ni las del ángel. Gaspar anota lo que dicta Melchor: «Escuchando voces, bullicio y alborotos, saliendo de la caja-cuartel, llegando al lugar de los altercados, observando la situación, procediendo a…». Mientras, Baltasar va tomando nota, uno por uno, de todos los presentes. Después de un rato, Melchor decide que el belén estará como siempre, sin minimalismos ni tonterías, que eso son sindioses que no acepta la gente de bien y la Navidad es de gente de bien. Tomada la decisión, obliga por orden de la autoridad moral (la suya, evidente) a montar todo "i-gua-li-to-que-to-dos-los-a-ños".

Tras un ir y venir constante durante varios minutos, el belén queda perfecto, los manteros son recolocados como pastores a tiempo completo y las mercancías incautadas... de momento. Los Reyes se han alejado a la distancia correcta para que cada día los acerquen un poquito hacia el portal. Todo está tranquilo, casi como siempre: la Virgen canturrea, Federico Jesús observa cómo beben los peces en el rio y San José levanta un poquito sus ropajes y suspira al ver como brillan sus nuevas er-Jordán por debajo de la túnica.   

     

El primer lyriano del sistema solar

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay 
Mi nombre es Likoan-Latse y soy uno de los ocho denerthes, la élite científica de mi mundo. Fui enviado a la Tierra para defenderla del ataque de los reptilianos, la misma raza violenta que tras las Guerras de Orión aniquiló mi hogar, un planetoide en la tercera órbita de la estrella Deneb.
    En el tiempo que llevo aquí, he combatido sus ataques con todo lo que la tecnología de este atrasado planeta me ha permitido: tubos de descarga, ondas en plasma, pulsos de energía, escudos electromagnéticos… Pero no he podido permanecer oculto por más tiempo. Ellos y sus guerras me han forzado a mostrarme. Temo que su falsa raza aria logre conquistar el planeta. Lucho, lloro, resisto. Sufro constantes sabotajes, saqueos y mentiras que pretenden desarmarme. Cambio de hotel con frecuencia para no ser capturado. Rastrean el anagrama terrestre de mi nombre. Me llaman Nikola Tesla.


(ENTC - Monstruoscopio 2022 - Ronda 3)

Intraterrestres

Hace tres días que comenzó la invasión de la superficie. Los agarthianos surgieron del interior cuando los polos perdieron gran parte del hielo y las entradas a su mundo quedaron al descubierto. En pocas horas se extendieron como una marabunta y controlaron todo el planeta. Ahora emergen por cualquier agujero —simas, volcanes, grutas—, como si la Tierra fuera su inmenso hormiguero.
Ayer, sobre el desierto, ascendió su reina, un ser de piel blanca y cabellos brillantes envuelta en una luz cegadora. Parecía que en el firmamento hubiese dos soles. Descendió de los cielos en un carro de fuego tirado por leones tan blancos como la nieve y extendió su mente sobre las nuestras para contar su historia: una civilización bajo nuestros pies que, desde hace milenios, preserva el planeta. La última vez que salieron aniquilaron a los atlantes por devastarlo. Los humanos no correremos mejor suerte.

(ENTC - Monstuoscopio 2022 - Ronda 2)