Piénsame

Desde que aprendiste a desaparecer, dudo cada mañana si te has marchado o sigues aquí. Me levanto como un loco y revuelvo de nuevo la casa. Te busco bajo tus ropas y mis lágrimas, entre tus silencios y mis recuerdos. Arrastro por el piso mi desesperación y cuando estoy por rendirme escucho a mi espalda tu risa y tu voz que con susurros me jura que aún soy el hombre real de tu imaginación. Intento abrazarte y de pronto te vuelves transparente para escapar de nuevo. Justo antes de que desaparezca tu olor, te pido a gritos que me pienses.

(finalista semanal en la Cadena SER - Relatos con Banda Sonora - La Ventana - 09/08/2021)

Espectadores

Al mediodía, todos se paran y miran al cielo. Esperan con la boca abierta a que hoy, de nuevo, pase el hombre que vuela. Y lo hace: hoy vuelve a pasar. Nadie parpadea. Se dan codazos y, atónitos, señalan hacia arriba. Siguen la trayectoria con sus índices y dibujan el vuelo. De pronto, escuchan un disparo y el hombre que vuela es el hombre que cae. Los dedos le acompañan en la caída, cruzan el horizonte y, al final, apuntan al suelo. Se acercan y, sin dejar de señalarlo, se congregan alrededor del hombre que gime. Desde su pequeño cráter de asfalto, el hombre que agoniza los mira y pide ayuda. Nadie mueve un dedo hasta que el hombre que muere deja de respirar. Es entonces cuando todos se giran y guardan las manos en los bolsillos mientras se alejan del hombre olvidado.

(Finalista - ENTC 2021 - La sorpresa y el asombro)
(Premio LINCE «Montesdetoledo» 2021 - ENTC)

El arte decadente

A mis padres, que me enseñaron el lado absurdo y divertido de las cosas.


Manolo Dosaguas Cienfuegos, Mano para los amigos, era, en secreto, el detector de la pincelada, el catador del museo, la nariz del Prado. Tras más de veinte años como vigilante nocturno, podía distinguir por el olor el periodo artístico al que pertenecía una obra, por el sabor el año aproximado en el que fue pintada y por el tacto la escuela o, incluso, el maestro que había realizado los trazos. Durante sus rondas, Mano se paraba delante de un cuadro y, sin encender la linterna, recorría con sus dedos las huellas dejadas por el pincel. Luego acercaba la cara y dejaba que su nariz se empachara con los olores de las materias usadas en los pigmentos y un leve toque de su lengua sobre el lienzo era suficiente para percibir el regusto de antigüedad de los barnices. Algunas noches ordenaba los cuadros de sus salas por el sabor y otras por el olor, aunque, tal y como marcaba la dirección del museo, terminaba el turno ordenándolos por el tacto. Mano vivía feliz entre lienzos.

    Pero un día se conjuraron todas las fuerzas dañinas del universo al alinearse un maldito resfriado de los que hacen de la nariz un grifo y un bocadillo de atún de marca blanca con pimientos del piquillo de la huerta chilena, eso sí, preparado por su madre con mucho amor, aunque con muy poca mesura en sabores y aceites. Y es que Mano, a sus 54 años, aún vivía con ella, según él, para evitarle a la señora el trauma del nido vacío.

    Las consecuencias de tanto cariño maternal delimitado por yescas de pan fueron una boca atunera y unas manos pringosas que, unidas a la destiladora nariz, sugerían cualquier otra actividad antes que la de ordenación de obras pictóricas. Pero, por desgracia, el ser humano rara vez ve el peligro por la seguridad que da el oficio y la necesidad y el amor al arte pudieron más que la lógica.

    Serían alrededor de las nueve y cuarto de la mañana cuando el responsable de la colección permanente avisó al director. Al llegar al museo se percató de que el problema era mayor de lo imaginado: paredes sin cuadros, un Goya entre un Bosco y un Murillo, restauradores llevándose obras de aquí y de allá… Pero lo peor estaba en la sala 29: cuadros descolgados con brillos extraños, otros del revés y un Tiziano rezumando aceite. Hasta Las tres gracias se habían puesto de espaldas para no ver el panorama. Y en medio de la sala, un corro formado por algunos guardias del museo se abrió para dejar paso al director.

    En el centro del círculo, sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y abrazado a si mismo, estaba Mano. Lloraba a moco tendido, con las huellas aceitosas de sus manos en la camisa y restos de mocarros en los puños de sus mangas. Se mecía rítmica y mecánicamente y en cada uno de sus movimientos soltaba un «lo siento», uno tras otro, como si se hubiese convertido en un metrónomo plañidero.

    Lo último que se supo de él fue que también le echaron del banco donde lo reubicaron cuando una mañana apareció en el despacho del director ligero de ropa, babeando y abrazado a una mala litografía de La maja desnuda.


(Publicado en Letra impresa, Escuela de Escritores. 2021 - ISBN 9798502008402)

Entretelas

Hoy, de nuevo, he salido del mercado con otra mamá. Todos los días alguna señora me dice cosas —que si estoy más alto, más guapo, más mayor— y entonces busco una falda, hundo mi cara en ella y no miro nada más. Y es que todas llevan ropa parecida y huelen igual de bien: a pan recién hecho, a mermelada de besos, a caricias de canela. Como no me atrevo a mirar por si la señora sigue ahí, hasta que no salimos a la plaza no me doy cuenta de que mi mamá ha cambiado. No digo nada, por vergüenza, porque se está muy bien, y sigo agarrado. No soy el único. Después de charlar entre ellas, nos deslían y cada cual vuelve a la suya. Es entonces cuando aprovecho para mirar a Paula, que me sonríe junto a su mamá. Yo vuelvo a esconder mi cara, pero hay algo que me hace devolverle la sonrisa por la rendija que se forma entre la falda y mis manos.

(Publicado en ENTC - La vergüenza y la confusión)

Showtime

A las 22:00, se produjo la erupción.
Mientras todos los animales huían despavoridos, las faldas del volcán se fueron llenando de curiosos, reporteros, vecinos que hablaban de lo tranquilo que parecía, jóvenes haciéndose selfis al borde del cráter, tertulianos, influencers, profetas y predicadores del fin del mundo, vendedores de magma y cenizas y alguien que pasaba por ahí. A las 22:15 el volcán se apagó y todos volvieron a sus casas defraudados. Solo el ruido de un tiroteo consiguió animarles de nuevo.


(Finalista anual Relatos en Cadena - 2021 - mayo) 

El lenguaje natural

Entre las estanterías de la biblioteca, hartos de tanto juego infantil, descubrieron libros furtivos que permanecían ocultos a su ingenuidad. Los abrieron con dedos nuevos y de las hojas surgió una lluvia de adjetivos, nombres, pronombres, adverbios de todo tipo, verbos por explorar… Bajo sus pies desnudos, el aguacero formó una inmensa alfombra de palabras frescas, esponjosas, y se dejaron caer. Las probaron, taparon el rubor con las risas y construyeron frases compuestas con las que jugar. Lanzaron hacia el techo las más provocadoras, se enredaron en ellas y con las torpes caricias de sus morfemas, algo despertó. Los posesivos se pegaron con los besos a sus cuerpos, las preposiciones se enzarzaron en sus cabellos, los ojos brillaron con el mismo predicado y allí mismo, entre jadeos llenos de adverbios de modo y cantidad, conjugaron formas arrebatadas del verbo amar. De sus bocas escaparon fonemas apasionados y en los huecos de sus manos entretejidas, quedaron atrapadas algunas palabras: tú, yo, nosotros, más, ahora, siempre. Y una y otra vez, se dejaron envolver por el voluptuoso puzle gramatical.

(Microrrelato mencionado - ENTC 2021 - La pasión y el deseo)

Naufragio

Puso la caracola en su oído y escuchó el rumor del mar. Al cerrar los ojos creyó oír gaviotas, el aire arrastrando canciones de marineros y la sirena de un barco. Notó como aumentaba el viento hasta convertirse en un aullido. Llegó el estruendo de la tempestad, el batir de las olas sobre la cubierta. Escuchó el crujido del barco, la voz ahogada de Mario, los gritos de la tripulación. Y cuando sintió la insoportable presión del silencio bajo el mar, dejó caer la caracola y una lágrima.

(Microrrelato mencionado - ENTC 2021 - La tristeza) 

Cadena alimenticia

Dejo que el viento mueva mis harapos, suelto alguna brizna de paja para aparentar naturalidad y cuando creen que soy un espantapájaros más, me lanzo sobre ellos. Nunca necesito más de dos tajos para cobrar la pieza. Desde que algunos se aventuran fuera del asfalto, es la mejor forma de alimentar a mis fieras. Sí, cazarlos es fácil, lo difícil es deshacerme de las mochilas escolares.

(Finalista VIII Concurso Microterrores - Diversidad Literaria - 2021)

De naturaleza sensual

Ella esperó entre pétalos, apasionada y abierta. Él se dejó caer encima atrapado por el expuesto rosa de su ser. Ella sintió su cuerpo y el suave roce de la lengua es sus recovecos. Él probó su dulce néctar e impaciente penetró su interior. Ella se meció y se dejó hacer. Él no esperó y se dejó mecer. Ella guardó el polen de su efímero encuentro y él salió zumbando en busca de otra flor.


(Seleccionado VII Concurso de microrrelatos eróticos "Sensaciones y sentidos". Diversidad Literaria - 2021)

Conquistado

Imagen de Rodrigo Farhat en Pixabay 

Tras una larga caminata, abriéndome paso a golpes de machete, llegué al poblado. La tribu, vestida con taparrabos, me rodeó. Algunos se aventuraron a tocar mis ropas, el sombrero y mis cabellos dorados. Me mostraron sus collares y pendientes hechos de hueso y madera y, entre sonidos guturales y risas, me llevaron hasta la tienda del jefe. Le enseñé la cantimplora, las cerillas y a fumar. Y cuando iba a despedirme para volver al campamento, el jefe sacó su tabaco y el móvil, nos hicimos un selfi y pidió unas pizzas. Pagué yo.

(Finalista diciembre 2020 - La Microbiblioteca Esteve Paluzie, Barberà del Vallès)

Pies de barro


El director sacó los zapatos del cajón y los plantó sobre el pupitre de un golpe. El jefe de estudios había revisado uno por uno los de todos los chicos del internado y las suelas de los suyos coincidían con las huellas bajo la ventana del dormitorio de las chicas. Llegaron los gritos, las amenazas, la intimidación. Soportó la bronca sin apartar la vista de los zapatos: no podía dejar de pensar que esa misma mañana, Carlos, su Carlos, se los había cambiado por un beso.

(Los pescadores de perlas - Revista Quimera 445 - enero 2021)

Postal de verano

Bajo el enorme tilo del jardín, mecida por cancioncillas infantiles y el murmullo del riachuelo, la abuela duerme sentada en la hamaca. Sobre su tripa, los brazos cruzados elevan unos inmensos pechos en los que reposan una papada colosal, la barbilla arrugada y sus antiguos sueños. De vez en cuando, tal vez avisada por algún pájaro, abre un ojo inquisidor, siempre el mismo, para comprobar que todas sus niñas están jugando, y lo vuelve a cerrar muy despacio mientras sonríe satisfecha. Sin descruzar los brazos, con dos o tres movimientos de sus carnes, acomoda de nuevo las posaderas y vuelve a estar lista para continuar su siestecilla.

(Publicado en ENTC - diciembre 2020 - Escenarios)