El principio de incertidumbre de Heisenberg

Si observamos con detenimiento, comprobaremos que tiene los ojos abiertos, que mira el mundo a pesar de no saber lo que es el mundo. Aún tiene una visión limitada, desvirtuada y parcial. Mueve la mano intentando capturar el aire o un objeto cualquiera. Si accedemos al interior de su fresco e inmaduro cerebro en este preciso instante, vemos la exuberancia sináptica, la velocidad a la que se establecen las conexiones neuronales, la excitación producida por el glutamato, las proteínas, la mielina, las ondas gigantes despolarizantes: un pequeño universo bioquímico y eléctrico. ¡Cuidado con esa dendrita! Decimos adiós a la coreografía molecular masiva y abandonamos el cráneo justo cuando su pie golpea nada y emite un sonido gutural. En el cuarto contiguo, otros dos seres, de tamaño y edad superiores, escuchan ese sonido en el receptor mientras pierden conexiones neuronales a la vez que planifican mentalmente la vida del otro ser: piloto, deportista de fama, astronauta, notario… Un ruido. Otro, como de chasquidos. Otro. Volvemos rápidamente a la primera habitación. Desde arriba observamos al pequeño Heisenberg en su cuna. Tiene su chupete, pero no entiende dónde estaba en el momento anterior ni cómo ha llegado a su boca.


(ENTC - La incertidumbre, 2026)