Sinsabores


Cuando la cara de Bogart ocupa toda la pantalla, ella detiene la imagen y pasea los dedos por la superficie, muy despacio. Siente el hormigueo de la televisión en las yemas y sonríe como lo haría Bacall, con estudiada insolencia, provocativa, desde muy dentro. Le habría gustado ser ella, acariciar la piel de Bogart, derrumbarse en sus brazos, besarle escena tras escena. Suspira, se humedece los labios, ahueca la mano maltrecha entre el ala del fedora y el cuello de la camisa y le besa con ternura. Imagina el aroma a tabaco y a whisky en su boca. No es difícil. En su asqueroso mundo en color, esos sabores siempre la acompañan, mezclados con los de la sangre y las lágrimas. Cuando escucha la llave en la puerta, acaricia a Bogart por última vez; y con la sonrisa de Bacall aún amoratada, abre la ventana hacia el beso en blanco y negro del asfalto.

Mala estrella

Se veía venir. Los tres han tenido la exclusividad del negocio durante casi dos mil años, pero de pronto aparece alguien que quiere un trozo del pastel. Y, es más, lo consigue por un mero tema temporal, por unos pocos días. El marketing también ha ayudado: ese rojo intenso, la carcajada rotunda, el sonido de las campanillas…
Según la noticia le han reventado el cráneo. Lo han dejado muerto, en la nieve, desnudo, junto al trineo. Dicen que va a ser fácil encontrarles. Pasan por aquí cada año, siempre en la misma fecha.