Gramática parda

Mis antepasados fueron tipos de mucha acción que cabalgaron el mundo por ínsulas y penínsulas. Vivieron aventuras, sufrieron lances, sin miedos a nada ni a nadie, y fueron ellos los que siempre sostuvieron las corduras de aquellos que eran su compañía. Si alguien se lanzaba contra unos gigantescos molinos, allá que iban con pasos firmes al rescate. O cuando un hombre de enjuta figura —triste por lo visto y que es referencia en la familia— quiso liberar presos que iban a galeras y fue él quien salió condenado a piedras y los otros a esquivarlas. Si alguien enfrentaba unos leones, todos daban la espalda, hasta los leones y, por supuesto, mi tatarabuelo, para evitar un exceso de sufrimientos a la vista…

—¡Voy!

Me han contado que después de una pelea con unos ejércitos lanudos, él se detuvo a estudiar la situación —era muy reflexivo el tatarabuelo— y en las lindes del campo quedó a rumiar sus pensamientos… Como yo.

—¡Que ya voy, repezuñas!

Hasta para esto somos indispensables: para hacer girar la rueda. Y el mundo. Y para sacar agua del pozo, que no solo se vive de hierba, cebada y heno. Anda que nos son burros estos humanos.

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